Ensayos en el teatro. Qué magia se despierta en cuanto los pies tocan la escena. Moverse entre los claroscuros de las piernas (de las mujeres y de los teatros) es un placer inigualable. Escuchar los alcances de la voz, los ecos, las resonancias. Adentrarse en la misteriosa dinámica de los universos acústicos. Entrar a camerinos, aunque sea para espiar a los otros o para una breve parada en los sanitarios. Y aunque huelan a reminiscencia medieval, qué estimulante. Mirar desde las sombras a los compañeros aspirar a su personaje, escuchar descender desde las butacas los apuntes del director y sus rectificaciones de trazo o de intenciones, desenvolver el cuerpo de su acostumbrada contención por ensayar en espacios pequeños, dejarlo que respire más libremente al aire del escenario amplio, dejar fluir los brazos, al andar, la apostura, un poco jorobada en mi caso. En fin, ensayamos en el teatro de nuestro próximo estreno y, como siempre, la sensación es de un raro entusiasmo, de una sobrecogedora energía que va de pies a cabeza, de sangre a piel. Uno se siente vivo de un modo muy singular y las esperas entre escena y escena son, como Borges decía de la música, una misteriosa forma de tiempo. ¿No se les antoja, respetable? ¿No habría que darles la razón a los que afirmaron que el mundo es un teatro de comedias? ¿Cómo va la suya?
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