viernes 29 de mayo de 2009

Notas del director

Lo más difícil de dirigir teatro, es también lo más encantador. Algunas veces, buscar a los personajes es navegar en la neblina. Cada uno de nosotros, en un puesto distinto de la nave, con sendas copias del libreto en la mano, tratamos de tener razones para gritar "tierra a la vista". Pero no se ve nisiquiera el agua en la quilla.  
La soledad no resulta tan absorvente como podría pensarse. De alguna manera, nosotros sabemos que, aunque no podamos verlo, el personaje está ahí, ahí donde Calderón lo dejó para nosotros. Y pasan los días, y el director se pregunta si le hace falta haber leído más, o haber visto más teatro, o haber empezado a trabajar antes. Pero el personaje está ahí. Lo sabemos todos. 
Cambiar las rutas no es sabio, viajando en línea recta se llega siempre a algún punto. Pero no cambiarlas también es necio. Para eso son los directores de teatro. Para ejercer el más antiguo de los oficios, que no es el que piensa el vulgo, sino el oficio de decidir. Sí o no, pero nunca abstención. El director de teatro es un decididor profesional. ¿Todas sus decisiones son correctas? No, de hecho, casi nunca lo son. Afortunadamente el teatro es un fenómeno meteorológico sin explicaciones científicas: ocurre a favor de nosotros y siempre a pesar de nosotros.  Sin embargo, hay algo que el teatro espera siempre a cambio del milagro, que tomemos decisiones y las llevemos  hasta sus últimas consecuencias. 
En medio de la niebla, con mapas ciegos en las manos, Teatromancia, baja las velas y continúa su búsqueda de personajes y de acciones, de vida, de drama... de comedia... de nuestra comedia.

jueves 28 de mayo de 2009

Diccionario español-teatromancio, teatromancio-español V

Derivado de una aparentemente insulsa, pero en esencia interesante, discusión cibernética en la pasada entrada de Yamilingo de la Fachenda, dedico hoy este límpido espacio a la sinécdoque.

Desde la RAE nos informan lo siguiente:

Sinécdoque.
(Del lat. synecdŏche, y este del gr. συνεκδοχή, de συνεκδέχεσθαι, recibir juntamente).
1. f. Ret. Tropo que consiste en extender, restringir o alterar de algún modo la significación de las palabras, para designar un todo con el nombre de una de sus partes, o viceversa; un género con el de una especie, o al contrario; una cosa con el de la materia de que está formada, etc.

Entre los ejemplos de sinécdoque tenemos los siguientes:

La parte por el todo = Pidió su mano, donde mano sustituye a toda la prometida (malo sería que el novio sólo esperara recibir del suegro esa extremidad, se privaría en la noche de boda de los mas sustancioso... aunque tal vez saldría del paso)

El todo por la parte = Dame tu teléfono, donde por supuesto el joven galán espera que la dama le dicte su número telefónico, no que le dé todo el aparato.

Lo singular por lo plural = El profesor TAE es escandaloso, donde la sinécdoque indicaría que todos los maestros (plural) son como Juan Carlos (singular) quien debido a que en su casa no le hacían caso cuando era niño (snif snif) hasta para dictar una receta de cocina debe berrear a todo pulmón.

Lo plural por lo singular = La colonia del valle es tierra de Yamiles y Etiennes, donde los singular (Yamil y Etienne) se maximizarían en representantes de todos los habitantes de su colonia, por supuesto si todos éstos fueran hipocondríacos o ñangos.

En la obra de Calderón también encontramos unos ejemplos. Dice Don Alonso refiriéndose a Moscatel

Es un pícaro, y ha hecho
la mayor bellaquería,
bajeza y alevosía
que cupo en humano pecho...

donde humano pecho suple a toda la persona (y a todas las personas que nunca han hecho una bellaquería mayor).

Hasta aquí, no sin antes aclarar que estoy esperando entre piernas, sería una correcta sinécdoque pero con las reservas del caso, pues se extendería bambalinas como parte del cortinaje teatral del aforo, pero no es una parte en sí de las piernas. Por tanto no es estrictamente una parte que designe un todo.

Saludos cordiales, como dicen los licenciados.

miércoles 27 de mayo de 2009

La pasión según los actores (según yo) I

La rutina es una enemiga sigilosa. Me jala de la mano cuando intento escribir y me convence poco a poco de que la flama que mueve al artista se ha apagado. Doy mi clase con menos energía de la acostumbrada, recibo menos respuesta, me canso, suspiro, y en vez de pensar que llegaré a casa a dejar mis cosas para salirme a caminar sin rumbo con libreta y pluma, pienso en que llegaré a cocinar, ordenar, lavar trastes y armar otra clase para el siguiente día. Me gustaría saber si mis amigos teatromancios pasan por aquí, si sienten la misma ancla colgando de su… voluntad.
Ensayo de sábado, vamos a correr el primer acto y la primera mitad del segundo. “Con todo,” dice Etienne. ¿Qué es todo? ¿Cuánto traigo, cuánto todo? ¿Cuánta vida? Espero tras bambalinas (o sea en el pasillo del edificio) a que pase la escena entre Moscatel (Iván) y Alonso (Juan) y algo empieza a cambiar. Siento como si me hubieran conectado en recarga. Estoy en “standby”, lo cual se siente mucho mejor que como estaba hace un rato. Entro en escena, primera línea: “¿Qué es esto?” Tardo un minuto o dos en entrar en calor. Un gesto de Juan, un tono de Iván me hacen despertar de mi letargo. Conecto con los artistas que me solicitan que cree con ellos porque confían en mí; conecto mis personaje con los suyos y me fascino poco a poco con el poder de la ficción. Lo que quiero decir, a sabiendas de que suena cursi, es que me siento vivo. Luego entran los niños (Omar y Emiliano) con su vitalidad y sus sueños de grandeza; Zohar, Julia, Liliana con su elaborado trabajo interno; Alejandro con sus tonos de actor con una intuición desarrollada… Y, pa qué más que la verdad, me siento artista. Siento que puedo, que creo, que se vale. Propongo, me proponen, encuentro, respondo: juego a la esgrima deliciosa de la vida que imita la vida.
Cuando salgo, quiero escribir, pintar, escuchar música, caminar en la lluvia, dejarme el pelo largo, treparme a un tren de carga sin saber a dónde va. Sé que me esperan los trastes sucios y ya no importa tanto: la rutina no me ha vencido. El trayecto ha valido la pena. Sigo en pie de guerra.
Lo que quiero decir aquí es que esto bien puede ser lo que nos mantiene unidos, avanzando, creando. Creo que no soy el único teatromancio con esta necesidad de ir más allá de los embates de la influenza porcina, ni el único que siente que construye con gente que quiere algo importante. Todos tenemos miedos, claro. Algunos llevamos tiempo sin actuar. Pero basta con ver a Alonso “picado”, a Beatriz encabritada, a Luis tocando la flauta, para saber que hemos encontrado una fuente de vida que estamos aprendiendo a explotar.
Sólo el arte provoca que surja más arte. ¿Nadie por ahí quiere darnos una beca?

martes 26 de mayo de 2009

Se asume hoy en día, de manera tácita (creo), que la tarea del espectador consiste en arrellanarse en un sillón, en la posición más cómoda posible, y abrir los ojos, los oídos, los brazos, las piernas y todo lo que haga falta, para dejarse penetrar por uno u otro mensaje, casi indiscriminadamente, esperando que ambos (la penetración y el mensaje) sean lo más “entretenidos” posible. Y en buena medida así sucede. Qué le vamos a hacer; la herencia maldita que ya varias décadas de consumir televisión a pasto nos han dejado es ésta: un espectador que lo que quiere es “divertirse”, y que rezonga ante cualquier estímulo que tenga la malévola intención de enseñarle algo, de hacerle pensar algo, de revelarle algo, de conmoverlo de algún modo, de liberarlo de algún otro y, en última instancia, de redimirlo.

Todo lo cambia el espectador moderno promedio por un rato de “esparcimiento”, sano o no, y quién se puede “esparcir”, parece preguntarse sistemáticamente el susodicho (a), si el libro, el cuadro, la canción, la obra o lo que fuere contiene preguntas en exceso, o utiliza metáforas demasiado abstractas, o tiene un vocabulario “raro”, o describe “mucho”, o es demasiado grande o demasiado larga o demasiado densa o demasiado vertical o demasiado galáctica o demasiado grosera o demasiado… Nada como los productos sin grandes pretensiones ni grandes exigencias ni grandes intensidades que nos permiten adormilarnos desde el principio y hasta el intermedio pero aplaudir al final, que no nos dan mucho pero tampoco nos piden, y que con toda inocencia y bondad “nos hacen olvidarnos de nuestros problemas” por una hora o dos o todo un domingo y merecen, por ello, toda nuestra gratitud y reconocimiento y nuestra más pronta desmemoria... Nada, pues, como la vida en su modalidad inofensiva: el queso sin grasa, la boda sin sexo, la sopa sin sal…¿les suena?

No quiero moralizar (aunque tampoco me asusta) pero tengo que decir que hasta donde yo entiendo, sólo los espíritus libres consiguen divertirse sin degradarse y dominan el arte de entretenerse sin anularse o traicionarse de paso. Será que descubren que la inteligencia es útil y no necesariamente solemne o atribulada; será que aprenden que la sencillez de lo profundo no debe confundirse con la simplicidad de lo trivial; será que se entrenan a forzar los ojos, lo oídos, la sensibilidad, de vez en cuando al menos, intentando ver mejor, escuchar más a fondo, sentir más puramente y, sobre todo, que aprenden a disfrutar ese esfuerzo.

Ojalá nuestro montaje los inspire de ese modo y los invite a vivirse desde otras cimas y simas. Eso estamos deseando y buscando… repartir crisis redentoras entre tanta servidumbre instaurada. ¿Quieren?

lunes 25 de mayo de 2009

Iván, el teatromancio palomero

De enorme generosidad: así es el corazón de Iván. Hombre con el albur presto y preciso instalado en la punta de la lengua, listo para ser proyectado a la menor provocación, a veces fino, otras no tanto, pero siempre cargado de ludismo, de simpatía y nunca con verdadera mala intención. Lúbrico e insinuante amigo que se caracteriza por su buena disposición: para ofrecer su casa, para darte un aventón al metro de la línea verde, para prestarte algo (como sus pastorelas), para ayudarte en algún asunto, para llevar vituallas al ensayo (como las legendarias tortas de sardina de doña Julia, mmmm), para proponer obras, para trabajar en su personaje, para comandar el calentamiento (qué bien los hace… los calentamientos teatrales, claro), en fin, un chico siempre con buena disposición para hacer las cosas que, con generoso corazón y singular carisma, desea hacer por los demás.

Me gusta su disciplina actoral: es puntual, muy puntual. Me gusta la formalidad con la que ha tomado este proyecto, formalidad que radica en exigir de los demás que cumplan sus compromisos, exigiendo en la medida que él da, ni más ni menos. Me gusta su credibilidad en las actividades didácticas-tallerescas para los procesos de montaje (“Oh, maestro, sí, las actividades, maestro”). Me gusta el profesionalismo con que escribe en el blog: se toma el tiempo de investigar, de proponer un texto creativo y constructivo que proporcione a los lectores información pertinente acerca del montaje, con su particular sello de gracia y no pura pavada. Me gusta su concentración y su atención durante los ensayos: cuando con una mirada cómplice, de pronto, descubrimos que Etienne está diciendo algo revelador para nosotros –desde la perspectiva del director que llevamos dentro– y le aplaudimos a través de un silencio compartido y de un gesto aprobatorio (su actitud me recuerda a la enseñanza que me dejó una directora quien me decía: siempre pon atención en los ensayos, a veces, uno aprende más de ver a los compañeros construirse en escena). Me gusta que me haya prestado su tesis para podérmela fusilar, sólo que ahora ésta sostiene muy bien la pata de mi mesa del comedor (¿ves como tu tesis sí se sostiene, Iván?) y, sobre todo, me gusta que le guste cuando imito a su Maestro Valencia, al que ni el gusto tuve de conocer, pero que, a través de él, me atrevo a imitar, sólo por el placer de arrancarle una sonrisa y de ver cómo se le aparecen Gremlins-Valencitas por todas partes, ñaca-ñaca). Creo que aún nos tiene reservado lo mejor de su repertorio actoral que, ahora contenido, medido y calculador, confiamos llegará el momento en que cristalice cuando le dé en la punta del clavo a su personaje y lo deje ser y fluir y estar en escena.

A veces no lo sé leer muy bien: me desconcierta su estado taciturno y pensativo, su humor cuasidepresivo y ensimismado, pero sé que el tiempo nos dará la oportunidad de seguir con el proceso de conocimiento cabal y transparente entre camaradas de montaje.

Y si algo hay en esta vida lo suficientemente poderoso como para desorientarlo, distraerlo, desconcentrarlo, desarmarlo, eso es una bolsa de palomitas de maíz; increíble, pero Iván puede perder ante un bol plagado de ese suculento manjar que para él es la mismísima ambrosía. Así que ya saben, chicas, si quieren seducir a nuestro Moscatel, embadúrnense de palomitas y descubrirán de lo que éstas son capaces de provocar en él.

viernes 22 de mayo de 2009

Notas del director (¿Qué es un personaje en el teatro?)

Cuando el respetable paga su boleto y se sienta en la butaca se compromete con una convención, es decir, un acuerdo entre los creadores y el público en el que los segundos aceptan estar dispuestos a creer que lo que ocurra durante el lapso que dura la obra de teatro será realidad. A cambio de eso, los creadores, se comprometen a trabajar duro para que el respetable pueda convencerse fácilmente de las mentiras que se le cuentan, a permitir que las fantasía tenga una lógica tan firme, que pueda ser, sin demasiada benevolencia, tomada por verdad.
El actor tiene en sus manos, en todo su cuerpo, para ser precisos, una misión tan difícil como seductora, la misión de convertirse en un personaje. Los personajes son seres paradójicos, una especie de humanos, que a diferencia de los humanos de la realidad, no pueden dejar de ser ellos mismos, y no pueden renunciar a su relevancia en el universo que los rodea. Pongamos por ejemplo a una mujer de 45 años que decide aislarse, o amargarse, o alejarse de las pocas personas para las que le tuvieron algún aprecio. Esta mujer hace sus compras, paga sus cuentas, tira la basura e incluso hace algún tipo de trabajo. Sin embargo, no es relevante para nadie. Ella no tiene en sus hombros la responsabilidad de cometer actos que sean significativos; el mundo de los humanos tiene miles de millones de unidades biológicamente competentes que pueden ocupar su lugar, que pueden o no ocuparse de ella. 
Los personajes no tienen esa opción. Los personajes tienen que estar, siempre aquí y ahora y realizar todas aquellas acciones que el universo en el que se encuentran inmersos los obliga a realizar. Los actos mismos de descansar, de salir, de abandonar son, para el personaje, compromisos preestablecidos por el cosmos, que, al menos en las obras bien escritas,  tienen siempre una relevancia precisa.
Sin embargo, la voluntad del personaje no está dictada por los hilos del autor o del director, ni siquiera por la gana del actor que le da la vida. Está determinada por un elemento intangible, pero asible que se encuentra en todos esos lugares, una especie de misterio escénico que ocurrió cuando Calderón, por ejemplo, escribía los textos de "No hay burlas con el amor". Que ocurrió también cuando, el que suscribe este post, releyó por enésima vez el texto y se topó con sus actores. Ocurrió cuando Iván, se lamentaba por no encontrar el timming perfecto para un chiste. Ocurrió cuando Beatriz, que es Zohar, que está enamorada de Juan, batalló para encontrar la razón para enamorarse de Alonso, que es Juan. Que ocurrirá cuando usted, querido lector, futuro respetable espectador, se atormente por descubrir que cuando se ríe de Doña Leonor, en realidad está pensando en su vecina. 
El misterio está en que el hado del personaje ha estado siempre en todas partes, incluso en las que todavía no existen. Por eso cuesta tanto esfuerzo encontrarlo. Por eso, el personaje es un ente esquivo al que algunas veces se le busca en sitios equivocados en los que sí está, y a veces se le busca por los lugares óptimos en los que nunca ha estado. Por eso hay días en los que, a pesar de estar montando una comedia (y todo esto es para morirse de la risa), lloro con los actores el difícil parto de un hallazgo espectacular.

jueves 21 de mayo de 2009

Diccionario español-teatromancio, teatromancio-español IV

En esta melancólica tarde, donde el burlón de San Pedro (quien ayer saboteó mi presentación teatral con un traicionero chipi chipi) sigue dejando la llave abierta y humedeciendo a los atormentados transeuntes de mi ciudad, vengo de ánimo poético búcólico y citaré un fragmento una bella poesía del nunca bien ponderado libro "Vida, esplendor y camino de los teatromancios rancios". Abajo encontrarán el glosario de los términos obscuros, para no dejar de lado el estilo didáctico de esta columna. Que la disfrúten.

Miro mi ensayo.
Miro mi ensayo con los teatromancios.
Miro mi ensayo con los teatromancios y encuentro a Juan Carlos.
Juan Carlos, cuando hablas de tu varonil voz escapa un piélago de babas. Juan Carlos... temo que ese piélago inficione mi delicado cuerpo con la gripe del chancho. Ese piélago me hace preguntar si Zohar está impermeabilizada, si no se encoge cuando la besas.
Miro mi ensayo.
Miro mi ensayo con los teatromancios.
Miro mi ensayo con los teatromancios y encuentro a Yamil.
Yamil, decir que Yamil es hipocondriáco es un mendacio, es un hombre muy enfermo. ¡Mira que padecer a su edad mal de San Vito, parvovirus y embarazo psicológico! Su vitalidad supera apenas a la de Etienne, y eso que éste insigne teatromancio juega basquet haciendo gala de estulticia luciendo sus brazos enjutos. Si ambos tuvieran un hijo podrían, sin duda y sin malicia, poner su propio centro teletón.
Miro mi ensayo... miro a mis amigos... y me pregunto que bicho seré.

Nos vemos el jueves.

Glosario.

enjuto, ta. (Del lat. exsuctus, part. de exsugĕre, chupar). 1. adj. Delgado, seco o de pocas carnes. 2. adj. ant. Parco y escaso, tanto en obras como en palabras. 3. m. pl. Entre pastores y labradores especialmente, tascos y palos secos, pequeños y delgados como sarmientos, que sirven de yesca para encender lumbre. 4. m. pl. Bollitos u otros bocados ligeros que excitan la gana de beber. 5. f. Arq. Triángulo o espacio que deja en un cuadrado el círculo inscrito en él. 6. f. Arq. albanega (‖ de un arco de forma triangular). 7. f. Arq. Triángulo curvilíneo de los varios que forman el anillo de la cúpula.

estulticia. (Del lat. stultitĭa). 1. f. Necedad, tontería.

inficionar. (De infición). 1. tr. p. us. infectar. U. t. c. prnl.

mendacio. (Del lat. mendacĭum). 1. m. mentira (‖ errata en escritos o impresos). 2. m. ant. mentira (‖ expresión contraria a lo que se sabe).

piélago. (Del lat. pelăgus, y este del gr. πέλαγος). 1. m. Parte del mar, que dista mucho de la tierra. 2. m. mar. 3. m. Aquello que por su abundancia es dificultoso de enumerar y contar. 4. m. ant. Balsa, estanque

martes 19 de mayo de 2009

Nuestra mujer desnuda

Las obras de los siglos de oro son frutas de pulpa carnosa y de intenso sabor, pero se pelan lento y aún más lento se saborean; quien se las quiere comer de golpe corre el peligro de escaldarse con ellas o de empacharse. A su jugo, nutritivo y de gusto indeleble, uno debe aprender a paladearlo con paciencia, con ritmo y con la justa sed: bebido de menos puede sólo aturdir sin saciar, resultar insípido o avinagrado; bebido de más puede embriagar sin deleitar, resultar empalagoso o demasiado astringente. Ingerido en las proporciones correctas y en las ocasiones propicias, es manjar sin tacha.

Vamos, que a estas criaturas verbales les viene al dedillo lo de (nunca morirás del todo Mario) “una mujer desnuda y en lo oscuro es un enigma y siempre es una fiesta descifrarlo”. Fiesta para quien sepa ver en la oscuridad a la mujer desnuda, para quien no se espante o se haga el ciego ante su belleza franca, para quien no arrecule ante el enigma por pura falta de condición y de experiencia y por puro miedo de adquirirlas (no vaya a ser que me guste). Fiesta para quien esté dispuesto a entregarse a los misterios de lo que se da sin regalarse del todo, de lo que se insinúa sin revelarse por completo, de lo que sabe volar con raíces en tierra. ¿Saben de qué hablo, verdad? Los que no, creo que Iván da asesorías gratuitas. Las que no, mis servicios no son caros si me agarran de buenas…

No lo duden, “una mujer desnuda es una vocación para las manos”. Nosotros les estamos preparando a la mujer desnuda para ofrecérsela en las mejores y más seductoras condiciones, ¿ustedes ya están entibiándose las manos para templar la vocación de su tacto? Si es así, qué dulces serán las caricias...

viernes 15 de mayo de 2009

Celebraciones

Inicio diciendo cómo ayer, antes del ensayo, al pasar por mi oficina encontré un ya clásico paquete de trufas con la dedicatoria: para el los teatromancios. Así que lo traje a casa, y lo compartí con el grupo que celebró el trabajo de mesa de la segunda jornada y también el día del maestro. Además de agradecer públicamente a Angie, por su agradecible regalo, el famoso paquetito me puso a pensar en lo atípico de una compañía donde se le puede llamar a todos los integrantes: mastro (y maestra, para ser foxianamente correctos)
¡Felicidades Teatromancia por el 15 de mayo!
¡Felicidades a todos los profesores que siguen las peripeteias dramáticas de nuestro colectivo!
y de paso ¡Felicidades a todos los alumnos que todavía encuentran loable la profesión del docente!

Y hablando de profesores... Hasta este momento he estado dirigiendo "No hay burlas con el amor" de la misma forma en la que mis maestros de la facultad me dijeron encarecidamente que NO debía dirigirse el teatro. (Súbele al tono, bájale al tono, una pausita acá, y la cadencia más tatatá y menos tátata, ahora triste, ahora enojado) El resultado del primer acto es, salvo minucias que hay que pulir, muy satisfactorio. En cambio ayer, con Zohar, quien tiene un personaje más sólido que el resto, intenté abordar el trabajo de mesa desde una perspectiva más ortodoxa y vinculada a motivaciones más que a forma. Espero lograr un lindo equilibrio, especialmente en las escenas en las que los personajes deben humanizarse más y permitir al público espiar dentro de ellos.

¡Ayude Teatro nuestro intento!


jueves 14 de mayo de 2009

Diccionario teatromancio-español, español-teatromancio III

Retomando nuestro curso para neófitos del idioma, entramos al capítulo dedicado a la metáfora.

Recurrimos como siempre a la solícita Real Academia:

Metáfora.
(Del lat. metaphŏra, y este del gr. μεταφορά, traslación).
1. f. Ret. Tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita; p. ej., Las perlas del rocío. La primavera de la vida. Refrenar las pasiones.
2. f. Aplicación de una palabra o de una expresión a un objeto o a un concepto, al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación (con otro objeto o concepto) y facilitar su comprensión; p. ej., el átomo es un sistema solar en miniatura.
~ continuada.
1. f. Ret. Alegoría en que unas palabras se toman en sentido recto y otras en sentido figurado.

Es pues la metáfora la herramienta principal de la poesía, la manera en que se expresa lo indecible, la figura que construye las imágenes que pueden expresar lo mas complejo o lo más sutil de una manera exacta y bella.

Van unos ejemplos en el fecundo texto de Calderón.

1.- Dice la siguiente frase Doña Leonor a la criada Inés:

... pues es hacer en efecto
puerta de hierro a un secreto
el hacer de él confianza.

donde se asemeja una puerta de metal infranqueable a un secreto bien guardado.

2.- Doña Beatriz le pide a Inés:

... Que abstraigas
de mi diestra liberal
este hechizo de cristal...

frase donde compara al espejo, que trae en la mano, con un hechizo; lo que puede interpretarse verazmente tanto como por la cualidad que tiene el espejo de imitar la imagen de la dama (acepciones 1era y quinta de la palabra, Artificioso o fingido y Contrahecho, falseado o imitado, respectivamente); tanto como por reflejar la imagen de belleza que Beatriz tiene de sí misma (9na acepción, Persona o cosa que embelesa o cautiva).

Como puede verse es mas bello y sencillo el modo en que lo dice Calderón, que tratar de explicarlo. Supongo que por eso a algunas personas no les gustan las clases de poesía, porque piensan que se desarma y se sobre-explica lo que consideran que se puede disfrutar de manera sencilla y natural. Simplemente prefieren leerla e intuirla, sentirla y no desmenuzarla.

Metáforas hay de todos los tamaños, colores y sabores. Desde las mas manoseadas y simples como Las perlas de tu boca, hasta las más imaginativas como

...nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto.
Sólo de a ratos parecía
que iba a vivir,
que iba a vencernos.
Pero los dos fuimos tan fuertes
que lo dejamos sin su sangre,
sin su futuro, sin su cielo.
Un niño muerto, sólo eso.
Maravilloso y condenado.

que es una hermosa metáfora continuada de Mario Benedetti.

Finalmente veamos unos ejemplos de metáforas tomados del libro “Égloga pastoril de los teatromancios de los últimos días:

Los amplios senderos de la frente de Etienne

El discurso de Juan Carlos de robustas cataratas

Las pompas de Yamil como aspirinas
(aparte de ser pompas fúnebres, nótese el doble juego)

Los pingües bejucos en los pasos de Zohar

La sutileza paquidérmica de doña Liliana Paredes

Salud poetas y hasta la próxima.

miércoles 13 de mayo de 2009

Las pasiones según los personajes II: los celos

Nunca son viles los celos, don Diego […]
¿Hay más nobleza que hablar
verdad? Pues esta nobleza
sólo los celos la tienen, porque no hay celos que mientan.
Don Luis Osorio, en No hay burlas con el amor, del bueno de Calderón

¿Será? ¿Tendrá razón Don Luis? ¿O será Calderón quien resuelve esta duda estableciendo un juego barroquísimo de apariencias en que lo contrario se prueba? Me cuesta tanto trabajo creer en que los celos puedan decir verdad ahora que no los tengo, como seguramente me costaría creer que mienten si los tuviera. ¿Somos tan caprichosos los seres humanos que adaptamos nuestro raciocinio al sentimiento en vez de dejarnos guiar por él?
Y bueno, todos sabemos de dónde vienen los dichosos celos. No hace falta que Don Alonso nos diga que es “de miedo de no perdellas.” ¡Y claro! ¡Si hay por ahí desgraciados bajanovias, es natural que rezemos, como Moscatel, para que aquellos “no las atisben ni las vean”! Lo chido aquí en No hay burlas es ponerlo en juicio, es ponernos en juicio. ¿Cuándo se justifican los celos? ¿No es válido defender a “nuestra hermosa prenda”? Cito, de nuevo, a un personaje atormentado hablando a su amada: “él te quiere, y yo lo lloro/ porque al fin, de esta manera,/ tu amor digan y mis celos/ tu alegría y mi tristeza.”
Mi personaje también pasa por ahí… tiene un… ataque: “porque mis celos villanos/ no murmuren en mi mengua,/quiero que diga la lengua/ lo que no han hecho las manos. / ¡Quédate, ingrata, que no,/ pues que ya me he declarado, /me has de ver desengañado/ en tu vida!” Culmina su expresión con un bellísimo: “Pues que tú la causa has sido,/ deja que muera mi amor.” ¡Alguien entendió que mi naturaleza actoral (y vital) está en ser azotado!
Tú, ¿eres celos@?

martes 12 de mayo de 2009

Alabanza de barroco y menosprecio de aldea digital

Hoy estoy de ánimo para teorizar, con profundidad, además. Ya me cansé de pasar por el chismoso de la compañía mientras los otros aprovechan para victimizarse en los ensayos y para hacerse los sabiondos en el blog. Si de eso se trata, entonces prepárense, que ahí les voy…

Entre las muchas cosas que hoy están en recesión, que día a día se deprecian y son ninguneadas en el pobre mercado de las ideas y los estilos estéticos por nuestra desbordante pereza mental y por nuestra raquítica curiosidad, se encuentran las obras de varios artistas del barroco. Poetas, dramaturgos, pintores, músicos, arquitectos, cuyo legado hoy es patrimonio de unos cuantos expertos y extravagantes del mundo y que para la mayoría apenas y significa algo más que un vago nombre y una más vaga fecha que se tuvieron que aprender en la prepa para pasar uno de tantos exámenes. No vamos a negar que el espíritu de esta corriente no se pliega del todo a nuestro pretexto favorito de la “falta de tiempo” para leer, para escuchar, para mirar, para pensar y sentir (no sólo el arte sino la vida misma) con hondura y con inspiración, y que muchos menos consiente la anodina inteligencia con la que hoy pretendemos analizarlo todo, entenderlo todo, disfrutarlo todo sin tener, en realidad, que analizar, ni entender ni disfrutar casi nada. Claro como el agua: las obras de los grandes artistas del barroco no ofrecen recompensas inmediatas; eso las descalifica como productos recomendables en los días que corren, ése es su defecto; eso también las ha hecho y las hará en tiempos menos insípidos un extraordinario testimonio de la capacidad del hombre para cifrar en lenguaje, en color, en piedra o en la pureza formal de las notas y el silencio, la belleza, el misterio, el miedo y hasta el horror si se quiere, ésa es su grandeza.

Podríamos discutir sobre el porqué espíritus selectos de distintas épocas han mostrado reticencia ante ciertas manifestaciones barrocas; podríamos discutir sobre las ventajas de la sencillez o de la complejidad en los lenguajes artísticos o sobre los efectos que en ellos genera un menor o un mayor grado de artificio; podríamos poner en perspectiva el carácter de cultura de masas del barroco que los principales estudiosos del estilo han expuesto (véase Maravall) o su muy peculiar proceso de adaptación en la vida cultural de la Nueva España que lo llevó de ser un arte injertado con violencia a ser una verdadera manifestación de fuerzas de contraconquista (véanse los neobarrocos); podríamos hacer muchas más cosas, pero todo eso no evitaría que la mayoría bostezara por pura manía antipática a los excesos del “horror vacui”. Una cosa es obvia: la extraordinaria maestría con la que Sor Juana o Juan Ruiz o Calderón o Quevedo o Góngora o Sandoval Zapata manipulaban el lenguaje verbal como materia expresiva (maestría que en la era de la comunicación estamos muy lejos de poder igualar), o con la que Velázquez o Zurbarán domaban el color, las tramas compositivas, las paradojas visuales, o con la que Bach o Vivaldi esculpían sus sonoros monumentos a la eternidad, debieran bastar para que miráramos hacia ellos, al menos, con devoción. La indiferencia que, en cambio, les prodigamos, dice muy poco de ellos; de nosotros, todo.

Sea, pues, nuestro montaje (adaptado lo más posible a las necesidades de la atención volátil y precaria del espectador moderno) una nueva invitación al redescubrimiento de estos tesoros en forma y contenido, una exhortación más a no desdeñar lo que ni siquiera se ha probado con paladar sensible y apetitoso, un llamado a dejar de complacerse en el derecho a no querer reconocer lo importante aunque se meta en cama y tenga el tamaño y peso de un tremendo elefante.

lunes 11 de mayo de 2009

Lo que me gusta del galán áureo...

Me gusta Yamil porque, detrás de esa facha de intelectual mamón y aristócrata pedante, es un hombre que, por más que lo intente, no puede disimular su gran ternura y su sensibilidad; capaz de revelarse emocionalmente a la menor provocación, con una mirada cargada de inocencia y del brillo que proporciona la felicidad del descubrimiento, del primer asombro; características que, creo, enriquecen su trabajo actoral al dotarlo de espontaneidad, de frescura, de honestidad, de clara intrepidez para probar, para experimentar, para sugerir y, especialmente, para divertirse al construir su personaje. Trabajo que yo desconocía hasta antes de Teatromancia y que me ha dejado una agradable impresión, con miras muy prometedoras.

Me gusta su manera de escudriñar en el trabajo de los demás: con mucha atención, con inteligencia, con discreta observación, señalando lo que no le parece idóneo o lo que él supone que estaría mejor; siempre con respeto y con argumentos claros y, por lo regular, argumentando desde la voz del dramaturgo (como debe ser en el teatro de esta época, ¿o no? ¡opinen!).

Me gusta la minuciosidad con que desentraña el texto dramático y lo convierte en texto espectacular (ves, como yo también te leí, Aurelio); me gusta su análisis hecho con el cuidado y con la responsabilidad de quien sabe de la doble dimensión del texto dramático y de quien sabe seguir la partitura del texto, en contenido y en forma; me gustan sus preguntas que intentan desenmascarar las didascalias explícitas e implícitas (ves como sí te leí, jaja).

Me parece un gran acierto la gestual y la corporalidad que le ha dado a su personaje, creo que hace consonancia con la corporalidad del mío y eso me resulta interesante.

Me gustan sus apuntes al margen y sus intervenciones donde nos hace saber que sabe y que sabe de Calderón. La última que lanzó hasta la anoté en una hoja de mi libreto: Yamil (con tono de profesor mamón de literatura) —con Calderón asistimos, al contrario de Alarcón, a la deshumanización de los paradigmas—. ¡Estuvo retebuena! y después explicó algunas cosillas más, de las que ya no tomé nota porque me quedé pensando en ese momento: “qué bien que esté Yamil entre nosotros, qué bien que se quiera y se pueda hacer teatro con gente como él y que al hacerlo se aprenda tanto, de tantas cosas (bueno, eso lo da el barroco, pero también se necesita gente culta como Yamil que nos desvele los secretos a los neófitos barrocos), qué bien que me cae y qué bien que lo aprecio… y… claro, me perdí de su docta explicación por andar pensando las ventajas que reporta aprender de Yamil, en especial para alguien que viene desde el Caballito Potreriano, pero a las primeras de cambio le digo que nos echemos un café y que me hable más de todas esas cosas que él bien que sabe y que a mí me encanta saber (sobre todo cuando me las cuenta el galán áureo del montaje).

viernes 8 de mayo de 2009

La acomedida comedia

Las obras de teatro se dividen, como decían las abuelas, en dos: las reír y las de llorar. Las comedias, sabrá el respetable lector, se acomodan a sus anchas en la primera clasificación, las de reír. Entonces, el problema teórico práctico que nos circunscribe es el siguiente: ¿para qué tomarnos tan en serio esto de montar un Calderón, si al final del día, la cosa terminará siendo una broma?

Pues porque resulta que hay risas y hay risas, hay risas de todo tipo; Está la risa de los bebés que descubren el potencial ridículo de sus padres. Está la risa que provoca ver una hora del Canal del Congreso. Está la risa que estalló cuando todo Teatromancia escuchó por primera vez a Zohar nombrar, a su ya de por si risible pareja, con el cariñoso apelativo de Chinchilla. Está la risa de que Emiliano sea un ovolácteoproactivo que sabe soplar la flauta. Está la risa que me puse en la boca como tapón de corcho, para no dejar que se me saliera el llanto, la primera vez una niña bonita me dijo que no, que de ninguna manera. En fin, está la risa al principio, y la risa del fin.

Por eso la comedia es un arma letal, porque como el buen esgrimista o como, a juicio de la plus quam famosa señora M debe ser el buen estratega, it "looks like the innocent flower, but is the serpent under it" La comedia nos hace creer que pagamos nuesta entrada al teatro por gusto, por reírnos un rato, pero poco tiempo después descubrimos que lo hicimos porque sabíamos, que necesitabamos descubrir algo sobre nosotros, una parte podrida que si no destapábamos con buen humor, sería demasiado doloroso hacerlo de otra forma. La misma razón por la cual los consultorios de los pediatras tienen payasitos. Si no es con esa distracción, ¿quéniñó en su sano juicio se sometería a una vacuna contra el sarampión?

Cuando contamos una historia, sabemos que se trata de una historia de reír o de llorar, no por el contenido de las acciones, sino porque sabemos de antemano si la historia tendrá o no un final feliz.

Escenografía de "No hay burlas con el amor"

jueves 7 de mayo de 2009

Diccionario español-teatromancio, teatromancio-español III

Buen día estimados amantes del buen decir. Continuamos con nuestras sabrosas disertaciones sobre el uso amplio del idioma español.

EUFEMISMO: Según la RAE:

Eufemismo.
(Del lat. euphemismus, y este del gr. εὐφημισμός).
1. m. Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.

Digamos pues que es la figura retórica de la diplomacia. Reduce el impacto de lo que se quiere expresar en aras de la buena convivencia.

Un ejemplo. “Ese profesor está cañón”. Por supuesto la frase no hace referencia a que el profesor apeste a pólvora, ni que dispare balas de cinco kilos. Hace, más bien, referencia a su cualidad de macho cabrío de gran tamaño, ya sea por ser muy buen maestro o porque deja mucha tarea. Los jóvenes son muy afectos a los eufemismos, pues salvan de situaciones incómodas como podría serlo el que su madre les lave la boca con petróleo.

Las formas eufemísticas son valiosas herramientas para mantener una sana convivencia en un grupo social determinado, veamos.

Decir “Yamil es cuidadoso de su peso” es una buena manera de describirlo sin tener que hacer una larga perorata como “Inche Yamil, (nótese el fino eufemismo, Inche) se la pasa contando pasitas y cacahuates con una calculadora en la mano, haciendo sus mamarrachadas (eufemismo) de contar calorías. Exagera, no está tan gordo, nomás se le nota un poco la nalga del juicio” (eufemismo inverso, no es sutil, pero es mejor que decirle panzón). ¿Queda claro?

Otro ejemplo. “Etienne es poco atlético”. Eufemismo muy elegante y sutil. Hace innecesario decir “No manches, (eufemismo) Etienne está ñango. Si baja muy rápido las escaleras le duelen hasta los huesos (otro eufemismo)” ¿Ven? Las bondades del eufemismo hacen que mi querido y loado coordinador no me castigue haciendome calificar cientos de exámenes anuales (eso lo hizo su avanzado alzheimer).

Por último, decir “Juan Carlos tiene una voz potente” es un eufemismo muy propio que sustituye a la frase “El punzo cortante (eufemismo muy avanzado) de Juan es bien Mamerto (eufemismo); todas sus brillantes ideas (eufemismo sarcástico) las tiene que andar echando a berridos. Además le hacen falta salpicaderas” (eufemismo que sólo se entiende si has hablado con Juan Carlos mientras come cacahuates o te has sentado en la primera fila en su clase)

Por hoy terminamos, ojalá les sirva en el uso cotidiano esta figura y así puedan reconocer el valor de frases de uso común como:

“Los pingües muslos de Zohar” que sustituye a “Parece que se para de manos”

“Liliana es un poco brusca” que sustituye a “¡Ay nanita, si se enjabona (eufemismo) si me rompe la maceta!” (otro eufemismo)

“Omar come pollo con avidez” que sustituye a “Che (eufemismo) chaparrito, parece que lo traían amarrado, traga como troglodita”.

Hasta la próxima.

miércoles 6 de mayo de 2009

Las pasiones según los personajes I: el amor

¿Es el amor daño o acierto, vida o muerte, salud o enfermedad? ¿Es, como diría Moscatel (Iván Herrera), “la más noble pasión” o, como diría Don Alonso (Juan Carlos Estrada) “hace cobardes y miserables”? ¿Habría que seguir al sabio Don Juan (ahem… ahem…) cuando dice “¿Qué acción, qué pasión, qué afecto, si no es amor, es el que al hombre da valor, el que lo hace liberal, cuerdo y galán?”? ¿O tendrá razón Don Luis Osorio (Omar Esquinca) al pensar que amor y conveniencia deben ir de la mano? Lector querido, estas preguntas nos acosan a los teatromancios más cada día, como si no hubiera bastado que nos atormentaran en la vida cotidiana. Lo cómodo, claro, es dejar que discutan los personajes y no nosotros. Lo chido, desde luego, será ver el debate completo en escena. ¿Vale siempre el amor fingido? ¿Burlar doncellas? ¿Desentenderse de amor? ¿Es sana castidad jamás ver a alguien del sexo opuesto a la cara, no aceptar palabras dulces en la ventana? ¿Y en la cama? ¿Estamos hechos para amar unívocamente, para amar involuntariamente, para controlar o ser controlados por el amor? Porque amor es cosa seria. Ya lo dijo Calderón: “¡No hay burlas con el amor!”



Imagen: "El beso" de Gustav Klimt

martes 5 de mayo de 2009

Trivia para los fans

Seré breve. Hoy estuve inmiscuido en minuciosidades domésticas y profilácticas y, después de una jornada así, me queda poca energía. Además, mañana nos reincorporamos a nuestros quehaceres laborales ¿no empezaban ustedes también a amar a la influenza? Qué hacerle, todo acaba en esta vida, hasta las epidemias. A verle de nuevo la cara a este mundo rostrituerto y sin Quijote que desfaga tanto entuerto.

El árbol de Teatromancia robusteció sus raíces los días pasados: nuestro ilustre comité de miembros fundadores tuvo a bien pasarle revista a lo hecho hasta ahora, rectificó procesos, analizó deficiencias, aceptó responsabilidades. En fin, que nos pusimos a buscar el modo de agilizar y perfeccionar nuestro proyecto para que floree más pronto y más coloridamente. Prepárense para esa inolvidable eclosión cuando el momento llegue. Eso sí, por ahora tenemos un dilema que hasta ahora ningún científico talentoso ha sabido resolver y que nos urge descifrar en aras de que todo salga como esperamos. No están para saberlo aunque yo sí para contarlo: miren ustedes, nuestro director ya no se cuece al primer hervor: dos prominentes entradas, como túneles del estadio olímpico universitario, surcan por sus sendos parietales; sufre de una rara atrofia psicomotriz que lo deja al borde de la invalidez para cualquier movimiento que no sea subir, muy despacio, escaleras, sentarse (también muy despacio) y ejecutar ese juego de extremidades que le permiten comer, beber y dormir (Liliana asegura que también algo más, pero ¿ustedes le creen? ¡pura compasión filial!); padece de una mal llamado “caderosis equina” que le prohíbe flexiones o contorsiones normales para cualquier otro ser humano y, por si no bastara, tiene achaques nemotécnicos (pregúntenle a los profesores (as) de su coordinación que dejó sin exámenes electrónicos). No, evidente que no: nuestro director ya no se cuece al primer hervor y sin embargo, ¿pueden ustedes explicármelo?, sin embargo, cada sábado, cada sábado, escúchenlo bien, lo encontramos crudo.
¡Adiós muchachos compañeros de mi vida…!

lunes 4 de mayo de 2009

Etienne, el director (bis)

Me sorprendió que desde que fue nombrado director de este proyecto (porque antes no me lo parecía) se tomó muy en serio el asunto; asumió su papel y pronto comenzó a llevar los bocetos de la escenografía, la propuesta del vestuario y de la utilería; se encargó del logotipo de la compañía y emprendió la divulgación cibernética (menester que al parecer es su fuerte).

Un día me lo topé, poco antes del ensayo en casa de Yamil, en una fotocopiadora, ahí fue cuando supe que sí iba en serio y que sí era él el director indicado: nos fotocopió nuestros libretos a todos, los diferenció con pastas de colores diversos –mismos que nos dio a elegir cual fichas de Parchis– y nos los regaló en esa primera lectura donde hubo una aproximación a la asignación de personajes (cabe aclarar que yo fui las dos damas, Leonor y Beatriz, y en una de esas hasta el viejo grave, durante varios meses, lo que me ocasionó un trastorno bipolar del cual no me he podido recuperar aún, sobre todo, si al leer mi libreto tengo resaltados ambos personajes con marcatextos); fue algo en su actitud de esa tarde: algo en aquel aire de seriedad, en el arrojo con el que comenzó a tomar decisiones, a dar propuestas concretas, a planear con pragmatismo, lo que me convenció: ahí hay un director, está en Teatromancia y va a montar No hay burlas con el amor, pensé, yo quiero actuar ahí.

Me gusta su grado de compromiso con el proyecto, aunque quisiera que nunca más nos recibiera para ensayar con los labios violáceos, qué imagen; tiene confianza en su trabajo como director porque, dice, sabe perfectamente lo que está haciendo (no tendría motivos para no creerle).

Me gusta trabajar con directores que confían en la calidad e impecabilidad de mi trabajo (sé que él lo hace... ¿porque tampoco tendría motivos para no hacerlo?), pero que, aunado a ello y sobre todo, me exigen —mucho— pues saben que es perfectible, siempre perfectible. También me gusta depositar mi absoluta confianza en ellos (él la tiene). Estoy contenta de haberme puesto en sus manos. Seguramente, disfrutar, criticar o aprender de su propuesta escénica como director de este primer montaje de Teatromancia será un motivo más para que el espectador no pueda quedarse con las ganas de vernos.