Los barcos piratas tenían, un eficiente sistema de representación popular. Tiene sentido. Imagine el lector estar en las botas de un hombre que debe dirigir a una horda de individuos sin oficio ni beneficio y con el más ínfimo nivel de escrúpulo. Debe, ese, de ser el peor lugar para comportarse como un tirano. En la cubierta no hay lugar para el capricho. La legítimidad en el liderazgo está, literal y constántemente, culimpinándose por la borda del velero bergatín. ¡Qué libertad ni que ocho cuartos! Los CEO de grandes corporativos no tienen ni idea de la presión con la que el pobre capitán pirata tiene que vivir. En una situación así, o se trabaja verdaderamente orientado a resultados, o el cuerpo del dirigente terminará en el duodeno de los tiburones y la cabeza pendiendo de un mástil. Este estrés se contrarresta, a cambio, con una gran tranquilidad, la tranquilidad que le da al profesional del desfalco, saber que todos los días hizo bien su trabajo.

Por otro lado, el humilde director de esta Nave de los locos, que llamamos Teatromancia, no tiene tal privilegio. Aunque estoy a cargo de algo similar a una horda. Aunque Iván no tenga oficio, y Juan Carlos no reporte ningún beneficio, parece que a mi alegre banda de hermanos (y hermanas, para hablar con propiedad foxiana) lo que le sobra es lealtad y escrúpulos. Puedo respirar tranquilo a cada escena, porque nadie se amotinará y Yamil no me hará, estoy seguro, caminar por la plancha, en caso de llevarlos erróneamente por "enjutos piélagos que surcó tarde mal y nunca racional piloto" Pero hay otro costo, y éste es mucho más elevado que el de morir hecho coral: El costo de saber que mis amigos confían en mí; pero nunca saber, saber en verdad, saber a ciencia cierta, si cuando termina cada ensayo yo soy todavía digno de esa confianza.


