miércoles 2 de diciembre de 2009

El universo

Diseñar una puesta en escena es también crear un universo con sus propias leyes y su propia estética. El drama del Siglo de Oro se compone de obras que se construyeron, desde su origen, para ser representadas con lo que se tuviera a la mano: obras en las que protagoniza la historia y el lenguaje. El reto para un humilde director de escena del siglo XXI es contar el cuento que se ha contado durante cuatrocientos años, y aún así, ser capaz de añadirle algo nuevo. Me obsesiona, desde que estaba en la facultad, el diseño del mundo que rodea a los personajes. ¿Cómo decoran sus casas? ¿Por qué se visten como lo hacen?
El realismo histórico me parece un territorio propio del cine. Nunca he disfrutado del teatro que pretende reconstruir mundos que ya pasaron, prefiero las apuestas por los mundos que podrían pasar.  Con todo, incluso el cine tiene grandes ejemplos de realidades construidas a partir no de lo que fue sino de lo que es posible. Me vienen a la mente el Titus de Julie Taymor o Dogville de Lars von Trier. El problema estético a resolver es dicho. Que el mundo creado pueda ocurrir.
Para "No hay burlas con el amor" exploramos hasta la saciedad el arte barroco para encontrar en él aquellos elementos que son esenciales a una sociedad de capa y espada. Pero yo no quería ni capas ni espadas. En la búsqueda frenética de referentes visuales apareció Samsonov y con él una beta interesante. Mis compañeros de escuela llamaban al fenómeno "atemporalidad". El objetivo fue entonces construir una puesta en escena en la que los elementos no pudieran ser clasificados en ningún período preciso, sin embargo, que supieran a viejo.  Que se parecieran, les decía yo entonces a los teatromancios, a lo que encontrarías en la casa de tu abuela. Habiendo, precisamente, enterrado a la mía el pasado fin de semana, encuentro que cada vez más viene al caso la estética que construimos: Don Alonso con un paraguas, Don Juan con una pipa de Gouda, todos los personajes, en fin, con aquellos objetos que para mí  son caros porque desde siempre me han hecho pensar en historias (relojes, plumas, abanicos, sombreros), artículos que en mis exploraciones por la casa de mis abuelos me daban razones para jugar a hacerle al teatro, para empezar, de niño a inventar apuestas en escena armado, como los actores del XVII de aquello que estuviera a la mano. ¿Será que me va a salir como yo espero? ¿Será que se va a ver como yo quiero? ¿Será que el espectador querrá al ver nuestra obra entrar en el universo y sentarse a escuchar como los tetromancios le contamos un cuento?

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