Una vez más escarnecido, ultrajado en mi moral, apedreado en mi tejado por empacho administrativo, por lenta digestión de gestiones. Me cayó granizo de la nube de desesperación del dire fajardín que se impacienta porque no materializamos sus proyectos rápido y bien, porque no convencemos a las zapaterías de que nos donen sillones, ni a las mueblerías de que nos donen miriñaques, ni a los pingüinos emperador de que abandonen la Antártida y se vengan a Acapulco. Tiene razón. Superando lo que parece imposible es como se logran los grandes proyectos. Y el nuestro es grande: en ideales, en ambiciones estéticas, en ilusiones de transformar, aunque no necesariamente en eficiencia. Iván retuvo seis meses el contacto del dichoso sillón, yo lo extravié durante tres semanas y no pude rastrearlo en internet (Fajardo lo hizo en dos segundos). Por fin hablé, y ahora a esperar la respuesta de los invitados. Qué le vamos a hacer, ya lo dijo Álvaro de Campos: “el mundo es para los que nacieron para conquistarlo, no para los que sueñan que pueden conquistarlo, aunque tengan razón”. No hay que olvidar que tenemos razón, aunque no sepamos conquistar el mundo. Los teatromancios seguimos en ruta, medio distraídos a veces, medio pasmarotes en otras, medio a punto de caernos por la borda, pero saldrá, ya verán que saldrá…
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