martes 27 de octubre de 2009

La memoria

En mi familia materna, desde mi temprana infancia, existía y era popular el pasatiempo de aprenderse larguísimos y lacrimógenos poemas narrativos con los cuales amenizar, por no decir “intensear”, las ocasiones especiales. Era pues, muy bien visto, que un muchachito que estuviese creciendo bajo la sombra protectora de Juan de Dios Pesa y Amado Nervo tuviese el poder de memorizar y traducir a genuinas genuflexiones dramáticas las tiradas sobre chicas enamoradas de seminaristas (¡escandalosamente atrevido!), niños con padres alcohólicos (así son los pobres, m’ijito) y cómicos desgraciados. Yo, emocional como siempre he sido y con gran necesidad de pertenencia, quise aprenderme los más largos y más patéticos… así que me enfrenté a una realidad terrible: mi falta de memoria. Podía encerrarme una tarde completa y no alcanzar a retener más de tres estrofas. Claro, escuchar a los adultos ayudaba. Aprendía de oído.
Empecé a hacer teatro a los 16 años en los talleres de adolescentes del CADAC. Desde el primer montaje, tuve que compensar mi incompetencia mnemotécnica con altos grados de interés.
Dieciseis años más tarde, no estoy mucho mejor. Todas las mañanas de los sábados (ayudado por mi amada) y normalmente una tarde entre semana alrededor de cada 15 días son dedicadas intensivamente a: repasar las escenas anteriores (recordando también el trazo), memorizar los cambios y registrar en lo posible información sobre el texto de la siguiente escena por montar. Cuando llego al ensayo me doy cuenta de que se me sigue yendo el avión. Lo peor no es eso, sino que, como memorizo con intensiones y pausas (no siempre las óptimas, pero voy puliendo) y ya tengo frito a nuestro apuntador oficial (Omar) con mis olvidos, me desespero luchando con el texto, la pausa “dramática” y el apuntador, e interrumpo la escena para quejarme con unos elegantísimos “pero si sí me lo sé”. ¡O patetismo el del actor sin memoria! Ja ja ja ja.
Aun así, ahí voy. Ya muy cerca de sabérmelo completito completito. Todo parece indicar que mereceré la mayor presea que se otorga en numerosas familias al actor o grupo de actores, el halago supremo que consiste en musitar extasiados a la salida de una función, como profundo comentario sobre la naturaleza retratada en el teatro, la frase: “¿Viste? ¡Se saben el texto completito! ¡Y ni se equivocan! ¡Esos sí que son actores!”

Yamil

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