Justo cuando creía que, viento en popa, comenzaríamos a navegar a toda vela por el tercer acto Caí en cuenta que en segundo había metido la pata. Algo en el trazo no me convencía, y terminé de terapearme para aceptar que, en esto de la intuición, si algo no te late hay que cambiarlo. Me senté con mis crayones en una mano y el libreto en la otra. Repasé todo lo que sé (dos cosas) sobre escenología y convenciones escénicas del Siglo de Oro, me debatí entre las motivaciones de los personajes y, al tiempo que a Liliana tardaban horas en hacerle un manicure y retocarle el tinte, me puse a trabajar en otro trazo para la segunda mitad del segundo acto.
Cuando llegué al ensayo con la nueva ruta en mano, contra pronóstico, los marinores no se amotinaron. "Para eso sirven los ensayos" decían y tranquilizaban mi temor de que, ahora sí, tendría que caminar por la plancha y ser comida de tiburones del destino. La agravante estaba en que al flamante director se le ocurrió por divina iluminación isabelina convertir la decorativa mampara de atrás en un dispositivo escénico tipo Discovery Space (¿se llama así, Yamil?) que nada tiene que ver con el Discovery Channel, pero que resuelve bien el equívoco en donde Alonso y Moncatel se esconden de Don Pedro. Ahora espero no estar vendiendo trama, y si la vendo, espero venderla cara.
Yo, muy bien con el nuevo juguete. Los actores, conformes. Iván está que me asesina en silencio, porque a ver dónde se halla un artesano baratero que se lo construya y encima le arregle el problema del transporte.

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