viernes 25 de septiembre de 2009

El maestro grave

Montes hace las veces de nuestro “viejo grave” y es, a mis ojos, un hombre… peculiar. Al principio me costaba leerlo, no veía un compromiso real de su parte con la Teatromancia y le sentía ajeno, disperso, poco entregado y poco involucrado con la causa. Al paso de los ensayos y del tiempo, descubro en él a un compañero sumamente resuelto, si sus acciones tuvieran un lema este sería “hay que hacer las cosas y hay que hacerlas en el momento”; el suyo es el arte de lo acomedido, del ofrecimiento, de ser siempre servicial y de asegurar que él conoce en tal o cual lado a un amigo que nos puede ayudar y sacar de apuros; Montes siempre tiene un contacto, una palanca, un conocido (desgraciadamente, hasta el momento, a todos esos “amigos” ya los despidieron, ya no tienen ese celular, ya no viven en México, ya no hacen teatro o ya están muertos) y, pues, no nos han podido ayudar mucho que digamos pero, vaya, lo que cuenta es la actitud, y la de Montes me agrada por ello. Tiene fuerza y energía en escena, y una ronca y estentórea voz que, digamos, sí le da gravedad al asunto.

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