Conocer a los otros y que me conozcan o morir en el intento: no me conformaré con menos. Hacerlo, sería condenarme al infierno de los sentimientos pequeños, a comer de esa gelatina hedionda que pulula en todos lados y que se llama convencionalismo social, disimulo tradicionalista, simulacro del ser. A nada le temo más. Con unos cuantos seres elegidos entre la infinitud de las criaturas por el azar, el destino o la voluntad, me animo, deseo, ansío intentar una puesta en escena radical: la de compartirme encarnizadamente con todas sus consecuencias. Saberme en ellos y que ellos se sepan en mí. Y que sólo el amor, la pasión compartida y el juego de la amistad pongan los límites. Probar hasta la embriaguez si es necesario a qué sabe la humanidad viva en nosotros: la fragilidad, la fortaleza, el horror, el miedo, los atavismos, la pureza que brilla de vez en cuando en algún gesto, en alguna palabra, el cansancio. Lo quiero todo, sin espejismos y sin fraude. Derrumbar cada muro psicológico, cada frontera emocional, cada centinela de la mente que intente detener mi trayectoria. Porque, sí, la soledad poblada de compañía verdadera, de presencias legítimas, de afectos desnudos, es la única manera en la que creo de aspirar a la dicha. Porque, sí, existir duele, y ese dolor se aligera cuando tu sangre, tu vulnerabilidad, tu desesperación, tu entrega se hermana con otras. El miércoles pasado los teatromancios cancelamos ensayo, y sin pensarlo, la experiencia insustituible de la conversación nos reveló al desnudo. Fuimos más amigos de lo que éramos, y saberte entre hermanos puede, un día cualquiera, recordarte cuánto amas la vida.
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