jueves 23 de julio de 2009

Entre métodos anda el juego

¡Ah, las bellas vacaciones! Tiempo de reposo donde se puede descansar; donde pueden hacerse los indispensables estudios médicos que nunca tenemos tiempo de realizarnos (de tanto juntarme con Yamil, y para no sentirme fuera de la conversación con él, sentía muchos síntomas extraños); también tiempo de leer esos sabrosos libros a los cuales no les podemos dedicar todo el tiempo que desearíamos (siempre hay muchos capítulos de los Simpsons, La ley y el orden y Esposas desesperadas que nos lo impiden).

Ahora pues que tengo tiempo (aunque no he hecho mis programas de estudio, ejem) me he acercado al libro de Robert H. Hethmon El método del Actors Studio. Es un texto de teoría teatral, donde a través de conversaciones con el indispensable Lee Strasberg y la reproducción de grabaciones magnetofónicas (pre-ipod) de sus clases, Hethmon hace una exposición de la formación que tenían los actores que se preparaban en el Actor´s Studio de Nueva York. En este texto, un fragmento ha llamado mi atención. Dice Strasberg:

La gente ha empezado a decir: “Está bien usar el “Método” para obras realistas, porque obviamente los actores del Studio son buenos. Pero dejadles que se ciñan a sus propias obras. Mantenedlos alejados de las obras poéticas”. Yo no puedo aceptar esta separación, ni en la vida, ni en el arte. Para mí, lo externo es tan real como lo interno. El aspecto que tenéis me emociona y me afecta. Como ser humano puedo apreciar el exterior –humana y auténticamente. Esto no es un valor falso. Lo externo se convierte en falso únicamente cuando otros elementos no coinciden con ello.

Harto de acuerdo con Strasberg, reflexiono un poco sobre nuestro trabajo en No hay burlas. La primera reflexión es si debimos, como afirmó esa “gente”, mantenernos alejados de un texto poético. Y no es porque seamos muy “buenos” como los actores de Actor´s que me lo pregunto, sino porque a veces no recuerdo el por qué nos quedamos con esta obra después de nuestra ardua búsqueda (aparte de la votación manipulada que nos dejó a Zohar y a mí con un palmo de narices: ¡Voto por voto! ¡Casilla por casilla!). Y es que es una obra que, todos reconocemos, es grandiosa en el uso del lenguaje, valiosa por su bien delineada estructura dramática, acorde totalmente al tipo de comedia del Siglo de Oro. Sin embargo es difícil encontrar el cómo podemos crear eso que llamamos identificación. Identificación con lo que piensan los caracteres creados por Calderón hace tanto tiempo. Identificación con la situación que, para los ojos contemporáneos, es poco menos que lejanísima. Y más difícil encontrar una identificación entre los que formamos la compañía y este tipo de teatro.

Cualquiera de nuestros lectores que conozca a Etienne, a Yamil, a Juan Carlos, a Zohar y al que esto escribe (porque somos los que escogimos) podrá realizar el ejercicio que yo hago. ¿Qué tipo de obra creerían que es la ideal para montar de cada uno de estos teatromancios? Yamil es espeso como la crema agria. Juan Carlos es apocalíptico, Zohar es un ente herético y azotado, Etienne carece de cualquier vestigio de ternura y de cualquier forma de humor que no sea o el sarcasmo o la ironía. ¿De dónde salió, entonces, No hay burlas? ¿De dónde sale una comedia clásica, de final feliz, en verso; entre esta reunión de amargados contestatarios posmodernos? ¿Será el tipo de teatro que nos conviene?

Yo creo que si, siempre y cuando logremos construir esa coincidencia, de la que habla Strasberg, entre lo externo y lo interno. Y eso puede lograrse si se crean puentes entre lo orgánico y lo formal; por ejemplo el maldito dilema del verso, que ya he mencionado, verdadera paradoja para comediantes como nosotros. Lograr el balance entre la “correcta” forma de decir el verso y su sustento interno. Sustento que ya de por sí es difícil al construirlo en una situación ya lejana de nosotros. ¿Cómo construye la situación de vasallaje al paterno pecho aquella mujer de pingües muslos que desde hace tiempo vive en feliz unión libre con su “pasa”, sin pedir ninguna autorización ni a Dios, ni a la sociedad, ni a su familia? ¿Cómo crea un hipocondríaco de nuestros días un sentimiento, con verdad, de honor caballeresco si en su vida cotidiana sólo se bate en duelo con viejitos en la fila de la Comer? ¡Actuando!, dirán a coro los sabihondos. Pues muy fácil la cosa. ¿Pero hay verdad? ¿Si se actúa muy correctamente en la forma, pero no en correspondencia con lo que piensa-siente el ser humano concreto que es el actor, hay falsedad?

¿Dónde anida en nosotros la vida interna que podemos dar a luz para nuestros personajes? ¿O nos quedamos sólo en la “correcta” interpretación de la comedia? ¿Sustentamos la puesta solo en el ritmo (más rápido... más lento, baboso, no se te entiende... ¡Mueve las nalgas, pareces tullido!), en la métrica (inflexión, inflexión... ¡que inflexiones, cabrón! Así, ahora encabalga o te ensillo, tarado) y en el trazo limpio (Que te pases para allá... más allá... ¡junto al otro menso!... Ah que la, aquí güey. A ver papá, te paras aquí, caminas para acá, avientas a este retrasado y te detienes junto a este idiota. ¿Ya?), o hay algo más?

Problemas varios que emprenden los tripulantes de la nave Teatromancia. Y ante estos problemas y nuestra elevada meta, habrá que revisar también nuestras fortalezas. Tenemos en Calepino un docto conocedor del verso, lo cual constatamos hoy, que al sólo escucharlo, descubrió un escondido dodecasílabo donde había de haber un sutil endecasílabo. Tenemos también un actor harto positivo y siempre de buena disposición en Yamil. En Zohar una mujer disciplinada hasta la compulsión y con fuerte temperamento en escena (aunque en la vida sea una mujercita suave y babeante por su Juanito, cosas de la vida). Y así podemos seguir. Y así podemos encontrar esos aportes en cada uno del grupo que pueden llevar a buen término este complicado proyecto.

Habremos pues de encontrar nuestro propio Método; que no será Mendocino aunque lo quiera Etienne, ni filológico-poético como lo haría Juanito, ni furiosamente disciplinado estalinista como lo preferiría Zohar. No será Valenciano Psico-corporal como lo hubiera impuesto yo. Ni cabaretero de aquelarre como lo idearía Julia. Ha de ser Método Teatromancio, y por ello, ha de ser bastante bueno.

6 comentarios:

  1. Aplausoooooos!!!! jajajajaja por cierto, el Yamil espeso como la crema agria me hizo reir muchisimo, saludos!!!
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  2. Fantástico, maesto. Me encanta su prosa, y me da gusto leer su reflexión. ¡Que viva la Teatromancia!
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  3. jaja... yamil y el viejito en la comer!!!
    no se xq pero recuerdo muuucho de tu tesis. como siempre me hiciste reir y disfrutar. gracias y suerte con el proyecto q ya muero por atestiguar!
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  4. Gracias varias por las inmerecidas porras. Veo ahora que Yamil ha sido una insustituible fuente de referentes, metáforas y parábolas para mí; he de empezar a pagarle regalías (porque de las cuotas que debo a la producción luego hablamos, que no se emocione)
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  5. jaja... es q tu talento para meterte en nuestra imaginacion y hacer de las tuyas es filoso!
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  6. Así será... Estamos encontrando método (y bien padre). Óyeme, Andrea... ¡no te rías! ¡La crema agria no es tan espesa! ¡Y lo del viejito de la Comer no debió hacerse público! Y sí, quiero regalías.
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