La soledad no resulta tan absorvente como podría pensarse. De alguna manera, nosotros sabemos que, aunque no podamos verlo, el personaje está ahí, ahí donde Calderón lo dejó para nosotros. Y pasan los días, y el director se pregunta si le hace falta haber leído más, o haber visto más teatro, o haber empezado a trabajar antes. Pero el personaje está ahí. Lo sabemos todos.
Cambiar las rutas no es sabio, viajando en línea recta se llega siempre a algún punto. Pero no cambiarlas también es necio. Para eso son los directores de teatro. Para ejercer el más antiguo de los oficios, que no es el que piensa el vulgo, sino el oficio de decidir. Sí o no, pero nunca abstención. El director de teatro es un decididor profesional. ¿Todas sus decisiones son correctas? No, de hecho, casi nunca lo son. Afortunadamente el teatro es un fenómeno meteorológico sin explicaciones científicas: ocurre a favor de nosotros y siempre a pesar de nosotros. Sin embargo, hay algo que el teatro espera siempre a cambio del milagro, que tomemos decisiones y las llevemos hasta sus últimas consecuencias.
En medio de la niebla, con mapas ciegos en las manos, Teatromancia, baja las velas y continúa su búsqueda de personajes y de acciones, de vida, de drama... de comedia... de nuestra comedia.
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