De enorme generosidad: así es el corazón de Iván. Hombre con el albur presto y preciso instalado en la punta de la lengua, listo para ser proyectado a la menor provocación, a veces fino, otras no tanto, pero siempre cargado de ludismo, de simpatía y nunca con verdadera mala intención. Lúbrico e insinuante amigo que se caracteriza por su buena disposición: para ofrecer su casa, para darte un aventón al metro de la línea verde, para prestarte algo (como sus pastorelas), para ayudarte en algún asunto, para llevar vituallas al ensayo (como las legendarias tortas de sardina de doña Julia, mmmm), para proponer obras, para trabajar en su personaje, para comandar el calentamiento (qué bien los hace… los calentamientos teatrales, claro), en fin, un chico siempre con buena disposición para hacer las cosas que, con generoso corazón y singular carisma, desea hacer por los demás.
Me gusta su disciplina actoral: es puntual, muy puntual. Me gusta la formalidad con la que ha tomado este proyecto, formalidad que radica en exigir de los demás que cumplan sus compromisos, exigiendo en la medida que él da, ni más ni menos. Me gusta su credibilidad en las actividades didácticas-tallerescas para los procesos de montaje (“Oh, maestro, sí, las actividades, maestro”). Me gusta el profesionalismo con que escribe en el blog: se toma el tiempo de investigar, de proponer un texto creativo y constructivo que proporcione a los lectores información pertinente acerca del montaje, con su particular sello de gracia y no pura pavada. Me gusta su concentración y su atención durante los ensayos: cuando con una mirada cómplice, de pronto, descubrimos que Etienne está diciendo algo revelador para nosotros –desde la perspectiva del director que llevamos dentro– y le aplaudimos a través de un silencio compartido y de un gesto aprobatorio (su actitud me recuerda a la enseñanza que me dejó una directora quien me decía: siempre pon atención en los ensayos, a veces, uno aprende más de ver a los compañeros construirse en escena). Me gusta que me haya prestado su tesis para podérmela fusilar, sólo que ahora ésta sostiene muy bien la pata de mi mesa del comedor (¿ves como tu tesis sí se sostiene, Iván?) y, sobre todo, me gusta que le guste cuando imito a su Maestro Valencia, al que ni el gusto tuve de conocer, pero que, a través de él, me atrevo a imitar, sólo por el placer de arrancarle una sonrisa y de ver cómo se le aparecen Gremlins-Valencitas por todas partes, ñaca-ñaca). Creo que aún nos tiene reservado lo mejor de su repertorio actoral que, ahora contenido, medido y calculador, confiamos llegará el momento en que cristalice cuando le dé en la punta del clavo a su personaje y lo deje ser y fluir y estar en escena.
A veces no lo sé leer muy bien: me desconcierta su estado taciturno y pensativo, su humor cuasidepresivo y ensimismado, pero sé que el tiempo nos dará la oportunidad de seguir con el proceso de conocimiento cabal y transparente entre camaradas de montaje.
Y si algo hay en esta vida lo suficientemente poderoso como para desorientarlo, distraerlo, desconcentrarlo, desarmarlo, eso es una bolsa de palomitas de maíz; increíble, pero Iván puede perder ante un bol plagado de ese suculento manjar que para él es la mismísima ambrosía. Así que ya saben, chicas, si quieren seducir a nuestro Moscatel, embadúrnense de palomitas y descubrirán de lo que éstas son capaces de provocar en él.
Me gusta su disciplina actoral: es puntual, muy puntual. Me gusta la formalidad con la que ha tomado este proyecto, formalidad que radica en exigir de los demás que cumplan sus compromisos, exigiendo en la medida que él da, ni más ni menos. Me gusta su credibilidad en las actividades didácticas-tallerescas para los procesos de montaje (“Oh, maestro, sí, las actividades, maestro”). Me gusta el profesionalismo con que escribe en el blog: se toma el tiempo de investigar, de proponer un texto creativo y constructivo que proporcione a los lectores información pertinente acerca del montaje, con su particular sello de gracia y no pura pavada. Me gusta su concentración y su atención durante los ensayos: cuando con una mirada cómplice, de pronto, descubrimos que Etienne está diciendo algo revelador para nosotros –desde la perspectiva del director que llevamos dentro– y le aplaudimos a través de un silencio compartido y de un gesto aprobatorio (su actitud me recuerda a la enseñanza que me dejó una directora quien me decía: siempre pon atención en los ensayos, a veces, uno aprende más de ver a los compañeros construirse en escena). Me gusta que me haya prestado su tesis para podérmela fusilar, sólo que ahora ésta sostiene muy bien la pata de mi mesa del comedor (¿ves como tu tesis sí se sostiene, Iván?) y, sobre todo, me gusta que le guste cuando imito a su Maestro Valencia, al que ni el gusto tuve de conocer, pero que, a través de él, me atrevo a imitar, sólo por el placer de arrancarle una sonrisa y de ver cómo se le aparecen Gremlins-Valencitas por todas partes, ñaca-ñaca). Creo que aún nos tiene reservado lo mejor de su repertorio actoral que, ahora contenido, medido y calculador, confiamos llegará el momento en que cristalice cuando le dé en la punta del clavo a su personaje y lo deje ser y fluir y estar en escena.
A veces no lo sé leer muy bien: me desconcierta su estado taciturno y pensativo, su humor cuasidepresivo y ensimismado, pero sé que el tiempo nos dará la oportunidad de seguir con el proceso de conocimiento cabal y transparente entre camaradas de montaje.
Y si algo hay en esta vida lo suficientemente poderoso como para desorientarlo, distraerlo, desconcentrarlo, desarmarlo, eso es una bolsa de palomitas de maíz; increíble, pero Iván puede perder ante un bol plagado de ese suculento manjar que para él es la mismísima ambrosía. Así que ya saben, chicas, si quieren seducir a nuestro Moscatel, embadúrnense de palomitas y descubrirán de lo que éstas son capaces de provocar en él.
5 comentarios: