“Tranquila, Pachuquilla, debiera ser algo divertido”, lo dices tú, Calepino (aquel erudito que cuando habla sufre de seguidilla literaria y chorro retórico).
Hace cinco minutos estaba dormida, descansando como en pocas ocasiones, sin ningún pendiente… ¡pendiente! algo en lo más profundo de mi inconsciente me sobresaltó: tienes que subir algo al blog o el usurero de Yamil te cobrará multa. ¡Diantres, en qué momento se me ocurrió decir que los lunes!
Domingo último de las vacaciones oficiales, frente al monitor, ambos en blanco: yo de la palidez que esta empresa me ha causado —estoy mareada y no he comido pay de queso—, el monitor porque no se qué decir, qué escribir o porque, en realidad, no quiero hacerlo. Con cara no de pocos amigos sino de ninguno, me siento. Cuándo me perdí, por qué empecé a hacer teatro con esta gente… ah sí, ya recuerdo, estaba desempleada… ¿o desesperada?, sí eso también.
“Ah, Pachuca, cuenta algo que te haya gustado hasta ahorita, escribe acerca del proceso, di qué piensas del teatro o por qué lo haces”, sugiere Calepino mientras me trae una taza de café con cardamomo y un panecillo tostado con queso crema y mermelada de guayaba rústica, mmmm, exquisitos los tres, sobre todo Calepino, quien regresa con más panecillos y yo sigo en la misma línea que no ha querido comenzar aún… mmmm, rico, rico, rico, rico, canto la Tetita que me enseñó Julia, desde ese día no me la he podido quitar de la cabeza, esa canción debe contener mensajes cifrados del mal, pues quien la escucha ya nunca más la olvida… la merienda me ha desviado de mi propósito.
De nuevo me pregunto, por qué decidí hacer teatro con esta gente. Ni los conocía, ni conocía su trabajo, ni su grado de compromiso, ni su pasión verdadera por hacer teatro; ellos tampoco sabían mucho de mí, de mi trabajo, de lo que me mueve en esta vida a ser teatrera; sin embargo, algo en ellos me motivó, me atrajo, me sedujo; algo me dijo que era el momento y la gente indicada; algo me impidió negarme; algo me empujó, me obligó, me arrastró… el algo era Calepino: no está a discusión, son mis cuates de la chamba y vamos a trabajar con ellos, punto —miento, por supuesto—.
Lo cierto es que los cuatro, Etienne, Yamil, Iván y Calepino, me han cautivado de a poco, lentamente, pero de manera segura y efectiva. Por supuesto que he tenido dudas en el proceso, no obstante, me quedo con lo siguiente: de Etienne… “¡¡¡¡Pachuca ya llevas horas ahí!!!!”, grita Calepino desde la alcoba. Ya voy, Chinchilla. Ni hablar, ya es tarde, mejor el próximo lunes les cuento lo que me seduce de cada uno de sus miembros, digo, de los miembros, bueno, de mis miembros fundadores.
Hace cinco minutos estaba dormida, descansando como en pocas ocasiones, sin ningún pendiente… ¡pendiente! algo en lo más profundo de mi inconsciente me sobresaltó: tienes que subir algo al blog o el usurero de Yamil te cobrará multa. ¡Diantres, en qué momento se me ocurrió decir que los lunes!
Domingo último de las vacaciones oficiales, frente al monitor, ambos en blanco: yo de la palidez que esta empresa me ha causado —estoy mareada y no he comido pay de queso—, el monitor porque no se qué decir, qué escribir o porque, en realidad, no quiero hacerlo. Con cara no de pocos amigos sino de ninguno, me siento. Cuándo me perdí, por qué empecé a hacer teatro con esta gente… ah sí, ya recuerdo, estaba desempleada… ¿o desesperada?, sí eso también.
“Ah, Pachuca, cuenta algo que te haya gustado hasta ahorita, escribe acerca del proceso, di qué piensas del teatro o por qué lo haces”, sugiere Calepino mientras me trae una taza de café con cardamomo y un panecillo tostado con queso crema y mermelada de guayaba rústica, mmmm, exquisitos los tres, sobre todo Calepino, quien regresa con más panecillos y yo sigo en la misma línea que no ha querido comenzar aún… mmmm, rico, rico, rico, rico, canto la Tetita que me enseñó Julia, desde ese día no me la he podido quitar de la cabeza, esa canción debe contener mensajes cifrados del mal, pues quien la escucha ya nunca más la olvida… la merienda me ha desviado de mi propósito.
De nuevo me pregunto, por qué decidí hacer teatro con esta gente. Ni los conocía, ni conocía su trabajo, ni su grado de compromiso, ni su pasión verdadera por hacer teatro; ellos tampoco sabían mucho de mí, de mi trabajo, de lo que me mueve en esta vida a ser teatrera; sin embargo, algo en ellos me motivó, me atrajo, me sedujo; algo me dijo que era el momento y la gente indicada; algo me impidió negarme; algo me empujó, me obligó, me arrastró… el algo era Calepino: no está a discusión, son mis cuates de la chamba y vamos a trabajar con ellos, punto —miento, por supuesto—.
Lo cierto es que los cuatro, Etienne, Yamil, Iván y Calepino, me han cautivado de a poco, lentamente, pero de manera segura y efectiva. Por supuesto que he tenido dudas en el proceso, no obstante, me quedo con lo siguiente: de Etienne… “¡¡¡¡Pachuca ya llevas horas ahí!!!!”, grita Calepino desde la alcoba. Ya voy, Chinchilla. Ni hablar, ya es tarde, mejor el próximo lunes les cuento lo que me seduce de cada uno de sus miembros, digo, de los miembros, bueno, de mis miembros fundadores.
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