martes 21 de abril de 2009

Bajo amenaza de multa

Cercados por las reconvenciones de nuestro director, reconvenciones que, ante su nulo efecto, se convirtieron en regaños y ahora en amagos de multa, henos aquí de nuevo ante ustedes para compartir espontáneamente y si ningún miedo de perder dinero algunas peripecias de nuestro proceso de montaje.

Hacer teatro en México, en cualquier circunstancia, es una proeza. Nadie lo ignora, excepto, tal vez, los Bichir, Diego Luna y Fred Roldán que, para quitarse de problemas, escribe sus obras, las dirige, las actúa y es el único que las ve (perfecto ejemplo de autosustentabilidad cultural). De ahí en fuera, cualquier moro o cristiano que acoja la idea de intentarlo tendrá que superar más pruebas y desafíos que las que superaron los Argonautas, Hércules, Ulises, Rama, Gilgamesh, Junajpú e Ixbalamqué juntos. Si a esto le añadimos, en mi caso, que en la embriaguez de la encantada hora tuve a bien hacerlo al lado de los teatromancios, el respetable entenderá que las dimensiones de la hazaña merecerían ser contadas, cuando menos, en un nuevo poema épico que para mi gloria y fama acaso se intitularía El inmenso penar de los juancarlungos. ¿En qué bendita hora se me ocurrió derrochar mis infinitos talentos entre estos disímbolos?

Miren ustedes, entre nosotros hay un niño que toca la flauta y que, por nebulosas aficiones vegetarianas, podría comerse las pacas de paja de la escenografía antes de las funciones (lo bueno es que no vamos a usar, hasta donde sé); una ronca instructora aeróbica que, además de decirle “papi” al director como si fuera Alcapone o el Chapo Guzmán (él, no ella), amenaza con emascularte si no la mencionas en tus reportes cibernéticos (como éste) o si frotas algún objeto de unicel contra una superficie lisa en su presencia; un descendiente de libaneses con complejo de Electra que presiente a su figura paterna en cualquier llamada telefónica y que a la menor señal exclama con unción: “¿padre?”; una hincha de López Obrador que nunca llega a los ensayos por acudir a los mítines y denunciar los altos precios de las gasolinas; un morenazo célibe (contra su voluntad) que en la vida está lleno de simpáticas ocurrencias, pero que apenas se le solicita que utilice ese humor en su personaje, se comporta con la gracia de un cachalote encallado; y luego nosotros: la Zohar de pingües muslos, mujer mía, que no es mía, y que me acusa de sodomía en ausencia, yo, el mártir del potrero; el devorapollos y pseudoasmático Omar y el recién llegado Montes (que nunca lleva paletitas de cajeta). ¿Nos imaginan juntos? ¿Nos imaginan ensayando un Calderón? Algo que está cerca de ser una reunión de Al-Qaeda combinada con una función de circo de los hermanos Vázquez y un discurso de Chávez. No es por dárselos a desear, pero suena cósmico ¿no?

Pronto verán el resultado (¿sobreviviré?), entretanto, “Adiós muchachos, compañeros de mi vida…”

2 comentarios:

  1. ¿Por qué se quejan tanto los unos de los otros si en realidad no pueden estar separados? ¿Para qué se hacen? Yo no puedo imaginarlos de otra manera...
    ResponderSuprimir
  2. lo del cachalote encallado me hace reír tanto..! jajajajaja
    ResponderSuprimir