
No hay burlas con el amor es una comedia de Calderón que posee todas las cualidades de su genio: una extraordinaria riqueza verbal, un ingenioso argumento dramático y la gracia y coherencia de los personajes tan características
de este dramaturgo.
El noble galán Don Juan de Mendoza, atormentado por los obstáculos que encuentra para afianzar su amor con una dama de abolengo, Doña Leonor Enríquez, acude a solicitar
el auxilio de su amigo Don Alonso de Luna, famoso por su habilidad en las artes de la seducción ligera y por su desapego del verdadero sentimiento amoroso. Aquél le expone a éste lo que se interpone en sus planes: no ser Doña Leonor la hija primogénita y carecer, por ello, del derecho natural a negociar partido para casamiento; tener enfrente,
además, a su padre Don Pedro Enríquez, un hombre celoso de su deber como guardián del honor de sus hijas y de su apellido, y a su excepcional y excéntrica hermana mayor, Doña Beatriz, que se empeña, por si fuera poco, en custodiar y censurar toda acción de Doña Leonor.
El ingenio de uno y otra, de criados y amos, desatará el enredo: Don Alonso intentará terciar a favor de su amigo, enamorando falsamente a Beatriz con sus dotes de seductor, pero se enfrentará a la “extraña” condición de esta mujer, acaso uno de los personajes más ricamente trazados de toda la obra calderoniana: “anómala” inteligencia y cultura en una mujer de la época, sentido hipersensible de la castidad y, fundamentalmente, un estilo de hablar que supera el entendimiento y la paciencia de todos quienes la rodean.
Conflicto amoroso por demás interesante que se resolverá de una manera ¿inesperada?, enmarcado, claro está, entre las dudas y los recelos del padre, los vaivenes entre el amor y los celos de la pareja que suscita el conflicto, las desventuras y los correlatos paródicos que de sus amos hacen los criados Inés y Moscatel, tan representativos del teatro de los Siglos de Oro. Confusiones, apremios, vencedores y vencidos que intercambian estatus conforme la obra trascurre: en fin, la sal y la pimienta de las comedias de Calderón que tan sabrosa sazón poseen.
Para el espectador moderno, además de un garantizado entretenimiento, varias preguntas provocativas parecen flotar en el aire al concluir la tercera jornada: ¿el que intenta burlarse del amor sale siempre burlado?, ¿uno puede encontrar el amor en donde y cuando menos lo espera?, ¿es que no pueden predecirse ni manipularse voluntariamente los designios del corazón humano? Interrogantes que nos hacen apreciar la capacidad de Calderón para indagar en los más recónditos vericuetos de nuestra condición afectiva, al mismo tiempo que elaboraba un delicado retrato de las costumbres y de la mentalidad de su época. Retrato que de modo sutil, velado y, nos atrevemos a decir, casi cifrado, parece contener al mismo tiempo una profunda crítica a ese orden establecido de valores, jerarquías sociales y creencias que configuraron el rostro de la España de los siglos XVI y XVII y, de algún modo, el nuestro.
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